Zamora comunera 1.Antecedentes

Aún antes de que Carlos de Gante llegara a Castilla, Zamora mostró su disconformidad con los modos de hacer del nieto de los Reyes Católicos. No podía entender ni aceptar que se hiciera coronar rey de Castilla en vida de su madre, doña Juana, la legítima heredera; tampoco estaba de acuerdo con las sumas de dinero, cada vez más cuantiosas, que salían del Reino hacia Flandes, ni con el reparto de oficios y beneficios entre sus consejeros flamencos. A ello se unía el malestar provocado por el desgobierno que su ausencia favorecía, pues muchos grandes y nobles habían recuperado su espíritu turbulento de épocas anteriores y se dedicaban a degradar la autoridad del Estado[1].

A ese marco general tan problemático las ciudades añadían la conflictividad, unas veces manifiesta y otras latente, que los cambios sociales provocaban; vivían en una sociedad en transición que ya no era feudal, pero tampoco se había hecho moderna, y buscaba formas nuevas de integración social. Los grandes contra el rey, los nobles de tradición contra las oligarquías urbanas emergentes, los hidalgos contra los pecheros, que exigían un reconocimiento efectivo de su creciente relevancia económica y política…

Ante una situación en progresivo deterioro, Zamora apoyó la iniciativa de Burgos en junio de 1517, secundada también por León y Valladolid. Los ayuntamientos de estas ciudades enviaron una carta a las demás ciudades con voto en las cortes invitándoles a reunirse. El anuncio de la inminente llegada de Carlos de Gante detuvo la iniciativa y, antes de fin de año, ya se daba por cierto que las Cortes de Castilla se reunirían en abril del año siguiente, como así fue. Pero contra todas las esperanzas creadas, los males del Reino no encontraron remedio, sino que siguieron agravándose hasta culminar en las “cortes arrebatadas” de Santiago-La Coruña[2], donde casi todos los procuradores de las ciudades desobedecieron el mandato que habían recibido de sus ayuntamientos y votaron a favor del nuevo servicio que exigía el rey

La claudicación de los procuradores provocó en sus ciudades alteraciones graves, que fueron el comienzo de la guerra de las Comunidades de Castilla, aunque sus orígenes más remotos se puedan situar en la crisis surgida a la muerte de Isabel la Católica y remarcada en las regencias que siguieron.

Zamora en las Cortes de Santiago-La Coruña

La participación de los procuradores zamoranos en estas Cortes empezó con mal pie. Antes de la sesión inaugural, mientras los participantes presentaban sus credenciales, ocurrió un incidente que colocó a los zamoranos en una situación incómoda. El arzobispo de Santiago, el conde de Villalba y otros nobles gallegos pusieron de manifiesto su tajante oposición a que la ciudad de Zamora tuviese la representación de Galicia, como venía sucediendo desde siglos atrás. Parecían dispuestos a imponer su reclamación por la fuerza y sólo se sometieron a la fuerza, cuando intervino la autoridad del rey.

Este altercado influyó, sin duda, en el ánimo de los procuradores y debilitó su posición en las futuras negociaciones. El regidor Bernardino de Ledesma y el vecino Francisco Ramírez habían recibido instrucciones muy precisas de su ayuntamiento y deberían cumplirlas por encima de todo:

“que negaran en absoluto la autorización para la salida del Emperador de España y todo nuevo tributo, antes de que respondiera á los memoriales y peticiones tocantes al buen servicio de Dios y del Estado”[3].

De acuerdo con ese mandato, en las tres primeras votaciones, que tuvieron lugar en Santiago de Compostela, mantuvieron su negativa a la concesión del nuevo servicio, mientras el rey no escuchara ni atendiera las peticiones de las ciudades. Esa era la postura que también defendían León, Toro, Valladolid, Madrid, Murcia y Córdoba; Toledo no había enviado procuradores y los salmantinos fueron rechazados por defecto de forma en las instrucciones que les había dado su ayuntamiento.

Después de la tercera votación, el presidente de las Cortes interrumpió las sesiones ante la proximidad de la Semana Santa y anunció que continuarían en La Coruña, pasadas las celebraciones religiosas. Durante este intervalo los presidentes de las Cortes se dedicaron a convencer a los procuradores más díscolos para que votasen a favor del servicio solicitado. Como los zamoranos y otros justificaran su postura en el juramento que habían hecho a su ciudad sobre el cumplimiento de las instrucciones recibidas, el rey expidió cédulas reales eximiéndoles de ese compromiso:

“usando del poderío real absoluto, anulaba dicho pleito homenaje, fe y palabras, y les daba por libres é quitos de todo ello para que agora ni en tiempo alguno les pudiese ser pedida ni demandada cosa alguna ni imputada culpa ni cargo ni infamia por no cumplirlo”[4].

Cuando estas maniobras se conocieron en Zamora, el ayuntamiento se reafirmó en su postura y, en sesión del día 16 de abril, los regidores acordaron enviar a Galicia mensajeros que recordaran a sus procuradores el juramento que habían hecho[5]. El aviso no fue inútil y en una cuarta votación los procuradores zamoranos mantuvieron su voto negativo.

Ayuntamiento Viejo

Después de la tercera votación, el presidente de las Cortes interrumpió las sesiones ante la proximidad de la Semana Santa y anunció que continuarían en La Coruña, pasadas las celebraciones religiosas. Durante este intervalo los presidentes de las Cortes se dedicaron a convencer a los procuradores más díscolos para que votasen a favor del servicio solicitado. Como los zamoranos y otros justificaran su postura en el juramento que habían hecho a su ciudad sobre el cumplimiento de las instrucciones recibidas, el rey expidió cédulas reales eximiéndoles de ese compromiso:

El tiempo apremiaba al rey y necesitaba conseguir cuanto antes el apoyo mayoritario de las ciudades al servicio solicitado. Así que el presidente de las Cortes acudió a cualquier argumento que pudiera doblegar a los procuradores discrepantes. A los zamoranos les recordó el debate aún abierto sobre la representación de Galicia. En caso de que se obcecaran en su negativa al servicio, el rey podría atender las demandas persistentes de los señores gallegos y concederles la representación que reclamaban: Zamora perdería un privilegio histórico y el rey contaría con votos suficientes para sacar adelante su anhelado servicio. Así recogió el historiador zamorano Fernández Duro el resultado de las presiones a que se vieron sometidos los procuradores:

“Colocados en tan grave dilema estimaron que era menor mal para la ciudad que representaban dar el voto afirmativo del servicio que al fin era uno solo y podía anularse con el de las demás ciudades, que perder con su obstinación un privilegio honorífico que nunca podría recobrarse, y obrando contra las instrucciones, escudados en el mejor deseo del acierto, dieron el voto, mientras los procuradores de Toro, con los de otras ciudades, mantenían obstinadamente la negativa”[6].

La indignación de los zamoranos

Las razones que llevaron a los procuradores zamoranos a quebrantar el mandato recibido no convencieron al ayuntamiento y, menos aún, a los vecinos. Por eso, cuando se supo su deslealtad, la situación de la ciudad se enrareció de tal modo que en la sesión del 18 de mayo los regidores decidieron acudir al conde de Alba de Aliste para que garantizara el orden. Y, de acuerdo con esa decisión, unos días más tarde aprobaron medidas preventivas ante el riesgo de tumultos, como la prohibición expresa de llevar armas bajo la pena de perderlas y de ser encarcelados sus portadores.

En el fomento de ese malestar participó Pedro Laso de Vega[7]. Este regidor toledano se había convertido en la voz crítica de Castilla durante los últimos meses, por lo que fue expulsado de Santiago y de La Coruña durante la celebración de las Cortes. Como no obedeciera, el rey Carlos le conminó bajo penas graves a que se incorporase a su puesto de gobernador de la fortaleza de Gibraltar, de manera inminente, en menos de cuarenta días. Declarándose en rebeldía, Pedro Laso se encaminó hacia Toledo, deteniéndose unos días en Zamora. En esta ciudad, alojado en el convento de San Francisco durante varios días, informó a los numerosos vecinos que acudieron a escucharle lo sucedido en las Cortes, “y habló recapitulando los agravios que decía habían hecho contra el servicio de la corona, y proponiendo que siguieran la voluntad de Toledo de ponerlos remedio”[8].

Convento de San Francisco

Temerosos de que sucediera lo peor cuando los procuradores regresaran, el ayuntamiento les prohibió pasar de Montamarta (a 18 km de la ciudad) y les ordenó que esperaran allí a la comisión que les exigiría cuentas e intentaría aclarar el asunto de los 37.500 maravedíes concedidos al procurador Francisco Ramírez como pago por su voto.

Esta decisión  resultó acertada, pues evitó que los vecinos de Zamora se tomaran la justicia por su mano contra las personas de los procuradores y la intervención de la condesa de Alba de Aliste y del obispo Acuña detuvo a los que pretendían derribar sus casas. Por otra parte, el conde preparó una parodia de juicio con un jurado improvisado que debería pronunciar una sentencia redactada de antemano, condenando a los procuradores a perder su condición de hidalgos y ser tenidos por pecheros, a ser desnaturalizados de la ciudad y a sufrir el oprobio de ver sus figuras en estatuas de piedra en la plaza, con sus nombres escritos para perpetua memoria.

Pedro Mejía, cronista de Carlos I, cuenta con el interés y la objetividad que le caracterizan, los hechos que se produjeron ante el anuncio de la inminente llegada de los procuradores. Comentando la reacción de las ciudades castellanas al comportamiento de sus procuradores en las Cortes de Santiago-La Coruña, escribió:

“… porque en muchas ciudades habían concebido tan grande odio contra los procuradores de cortes que otorgaron el servicio, juntándose con ello las mentiras y fama de cosas que decian haber otorgado, que en las mas dellas, luego que los procuradores llegaban, hacian contra ellos atrevimientos é insultos nunca pensados. Las primeras, después de lo que en Toledo estaba hecho, fueron Zamora y Segovia, cuyas poblaciones casi en un dia se levantaron en comunidad, y se pusieron en armas con grandísimo escándalo. ejecutando la primera furia en sus procuradores de cortes. que fué el nombre y ocasión con que se levantaron. llamándolos traidores y vendedores de la patria. porque habian otorgado el servicio á su rey; y los procuradores de la ciudad de Zamora escapáronse de la muerte que les iban á dar, porque huyeron por maña y mandamiento del conde de Alba de Liste, que era vecino y parte principal en aquella ciudad; pero con aquel ímpetu que los iban á matar, les fueron á derribar las casas, y lo comenzaron á hacer, y dejaron de acabarlo por ruego y acatamiento de la condesa de Alba , que salió á se lo pedir y estorbar . Tomóse allí no sé qué medio de ponerles dos estatuas en memoria de lo que ellos llamaban traición. Este conde fué muchos dias freno y remedio para templar las cosas de aquella ciudad, para que, aunque tenia voz de comunidad, no se hiciesen en ella insultos y desatinos, como en las otras”[9].

Conclusión

El texto citado resume básicamente la reacción de los zamoranos ante lo acontecido en las Cortes de Santiago-La Coruña, pero introduce algunos matices que contribuyen a adecuar el dudoso comportamiento del conde de Alba de Aliste a la versión oficial de la historia de las Comunidades. En la misma línea, ignora el papel conciliador que desempeñó el obispo Antonio de Acuña en esos primeros momentos de la rebelión comunera. Cuestiones molestas para un cronista oficial, que se verán en el próximo artículo del blog, “Zamora comunera: 2. El bando del orden”.

Para terminar, una noticia sobre el destino inmediato de los procuradores zamoranos. La proporciona el cardenal regente Adriano de Utrecht, cuando el día 20 de julio de 1520 escribe al rey solicitando alguna ayuda para los procuradores exiliados de sus ciudades:

“Los Procuradores de Çamora y Guadalajara stan aqua padeciendo de hambre y dizen que no tienen conque ni de donde socorrerse. Lo que cierto es lastima, mándeles Vuestra Alteza ayudar con algo, que a mas que en ello seruira a Dios, les hará en esto mucha limosna”[10].


[1] J. Perez, La revolución de las Comunidades de Castilla, 1520-1521 (Madrid. Siglo XXI, 1977), pág. 105.

[2] Ver en este blog Unas cortes arrebatadas y La resaca de las Cortes.

[3] C. Fernández Duro, Memorias históricas de la ciudad de Zamora. Su provincia y obispado. (Madrid, Rivadeneyra, 1882) Vol. II, pág. 210.

[4] M. Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla. (Madrid, 1897). Vol. II, pág. 320.

[5] Entre esos mensajeros se contaba el regidor Juan de Porres, que sería uno de los líderes comuneros de la ciudad.

[6] C. Fernández Duro, o.c., pág. 211.

[7] “… acabó con don Pedro Laso que partiese al otro dia, como lo hizo, pasando por Zamora, donde dijo lo que sus procuradores habían hecho, para inducir, é indignar contra ellos aquel pueblo de la manera que luego se verá” (P. de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, Rey de España. (Madrid. Madoz y Sagasti, 1846-1847 [1604-1606]). Vol. II, p. 61.

[8] Fernández Duro, o.c., 213.

[9] P. Mejía, Relación de las Comunidades de Castilla (Cerdanyola del Vallés, Muñoz Moya Eds.,1985), págs.. 41-42

[10] Danvila, o.c., pág. 437.

Nota. Las imágenes de la catedral y del convento de San Francisco están tomadas de Anton van den Wyngaerde, Vista de Zamora (1570) y la fotografía recoge la fachada actual del Ayuntamiento Viejo.

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