Unas cortes arrebatadas


Tras abandonar Benavente, Carlos I siguió su camino de Santiago a través de las tierras del viejo reino de León y por todas partes, en ciudades y villas, escuchaba las mismas demandas unas veces como respetuosas peticiones y otras como airadas protestas: que no abandonase el reino, que convocara las cortes en tierra llana y no en un territorio tan extremo, que no cargara al pueblo con un nuevo servicio… Y como en ocasiones anteriores, ese clamor cayó en el vacío ante las prisas del rey por hacerse coronar emperador.

Las cortes en Santiago (31 de marzo-4 de abril)

La comitiva real llegó a Santiago de Compostela a finales de marzo y el último día de ese mes se inauguraron solemnemente las cortes presididas por el gran canciller, el italiano Mercurino de Gattinara, y el obispo Mota, en un clima que reflejaba el malestar generalizado en Castilla  y presagiaba reuniones tormentosas.

Los problemas que habían acompañado la convocatoria de las cortes se agravaron en su constitución, pues los oficiales encargados de comprobar la documentación de los procuradores se negaron a reconocer el poder mostrado por los representantes de Salamanca, pues, según ellos, había sido redactado por personas ajenas al ayuntamiento. De poco sirvió que los salmantinos aportasen un nuevo documento más conforme con la cédula real de convocatoria. Desde la primera sesión quedaron excluidos y harían compañía a los toledanos que seguían defendiendo la validez del mandato que les otorgó su ciudad, aunque supusiera, de hecho, una censura a la convocatoria de las mismas cortes. En consecuencia, las dos ciudades que habían encabezado el movimiento en defensa de los derechos del reino se quedaron sin representación. Salamanca llevaba a las cortes y daba a conocer al resto de ciudades castellanas un programa que preludiaba lo que sería el comunero; Toledo se encontraba en rebeldía al no enviar procuradores[1].

Arcos de la sala capitular del convento de San Francisco, sede de las cortes de Santiago

No acabaron ahí los escollos con que tropezaron estas cortes en sus comienzos. Antes de la primera sesión, el arzobispo de Santiago y varios nobles gallegos reclamaron la representación de Galicia, que tradicionalmente ejercía la ciudad de Zamora. En la discusión de este asunto los nobles gallegos se enfrentaron con un representante de Burgos, hermano del obispo Mota, y se pronunciaron “palabras de mucha pesadumbre”, que llevaron al conde de Villalba a jurar que se uniría a los rebeldes toledanos si se le encarcelaba.

Finalmente, el obispo Mota consiguió encauzar la situación y en el discurso inaugural intentó convencer a los procuradores del acierto de la convocatoria en todos sus términos, especialmente en cuanto al servicio solicitado, que deberían considerar como aportación de Castilla a la coronación imperial. En el mismo sentido se pronunció Carlos I con un discurso, en el que por primera vez usó el castellano, comprometiéndose a escuchar las quejas de las ciudades y ser receptivo a sus peticiones.

Como el malestar era profundo y tenía motivos diversos, pronto se produjo otro enfrentamiento que marcaría el desarrollo de todas las sesiones.  Cuando se reunieron los procuradores de las ciudades para preparar la primera sesión, los representantes de León y Córdoba plantearon una cuestión que tradicionalmente formaba parte del ritual mediante el cual las ciudades y villas proclamaban su poder en las cortes; sin embargo, en esta ocasión, dadas las circunstancias, fue mucho más allá de una declaración retórica y se convirtió en un pulso entre las ciudades y el rey. ¿Qué debía tratarse primero el servicio o la gracia? ¿Debían aprobar en primer lugar el servicio solicitado por el rey o, por el contrario, no concederlo hasta que ver satisfechas las demandas de las ciudades (gracia)?

Los representantes de las ciudades no se fiaban del rey y menos aún de sus consejeros, y no les faltaba razón. Como pusieron de manifiesto la carta de Toledo y el documento de los frailes de Salamanca , Carlos I había faltado reiteradamente a su palabra, incumpliendo lo aprobado bajo juramento en el ordenamiento de las cortes de Valladolid de 1518.

A partir de ese momento se entabló un duro debate que se prolongó durante varios días y ocupó cuatro reuniones de las cortes, sin que surtieran efecto presiones ni sobornos. Para desbloquear la situación los presidentes Mota y Gattinara recurrieron a una maniobra sutil; modificaron el planteamiento inicial y, en vez de responder al dilema gracia-servicio, bastaría con que los procuradores se pronunciaran sobre su disposición a conceder el servicio, posponiendo para más adelante las reivindicaciones de las ciudades. Todos los procuradores aceptaron la nueva propuesta a excepción de los representantes de Madrid, Córdoba y Jaén; Toledo y Salamanca seguían excluidas.

La celebración de la Semana Santa impuso una interrupción que los consejeros del rey aprovecharon para convencer a los procuradores más reticentes, a la vez que se trasladaban las cortes a La Coruña.

Las cortes en La Coruña (22 de abril-21 de mayo)

Reanudadas las sesiones en La Coruña, desde el primer momento volvió a plantearse la cuestión pendiente en sus términos iniciales. Una cosa era que la mayoría de los procuradores declararan su postura favorable a la aprobación del servicio solicitado por el rey y otra distinta que estuvieran dispuestos a concederlo sin ser escuchadas y atendidas las reivindicaciones de sus ciudades. De nuevo, exigían que la gracia precediera al servicio.

Convento de San Francisco, sede de las cortes de La Coruña (ruinas a comienzos del siglo XX)

Durante tres días Mota y Gattinara se emplearon a fondo y, gracias al hábil manejo de chantajes, amenazas y recompensas, lograron que la mayoría de los procuradores accedieran otorgar el servicio sin condiciones previas. En esta ocasión tan sólo los representantes de Córdoba, Madrid, Murcia y Toro permanecieron firmes en su voto contrario.

El día 25 de abril, cuando ya había conseguido su objetivo principal, el obispo Mota pronunció un discurso justificando los motivos de la continuación de las cortes en la nueva sede, aunque sus palabras también podrían explicarse como una acción disuasoria para distraer a los procuradores de una nueva arbitrariedad de Carlos I. Ese día, contraviniendo la promesa reciente de no conceder cargos a extranjeros, nombró gobernador regente de Castilla al flamenco Adriano de Utrecht. Nombramiento que fue contestado por los procuradores de Córdoba, León, Murcia y Valladolid, ya que por ir contra las leyes del reino no podían consentirlo sin la aprobación expresa de sus ciudades.

Las cortes todavía siguieron algunas semanas más, durante las cuales el rey y sus consejeros se dedicaron a escuchar y responder a las sesenta y una peticiones de las ciudades y, sobre todo, a conseguir que todos los procuradores ratificasen explícitamente su aprobación del servicio. En este momento decisivo únicamente mantuvieron su negativa los representantes de Córdoba, Madrid, Murcia y Toro, por no estar incluido en el  poder que les habían concedido sus ciudades.

Como cuenta el cronista Sandoval, el rey embarcó al día siguiente de la clausura de las cortes, 20 de mayo:

“Con gran música de todos los ministriles y clarines recogiendo áncoras, dieron vela al viento con gran regocijo, dejando a la triste España cargada de duelos y desventuras”[2]

Duelos y desventuras

Mientras se celebraban las cortes y las ciudades castellanas se mantenían a la expectativa, en Toledo el descontento creciente desde la llegada de Carlos I desembocó en abierta rebeldía dando lugar a la proclamación de la Comunidad. La situación fue tan grave que el rey estuvo a punto de interrumpir las cortes y dirigirse a tomar la ciudad; le disuadieron sus consejeros flamencos que temían males mayores y sólo aspiraban a poner mar por medio.

En cuanto se conoció el desarrollo de las cortes en las demás ciudades, el malestar existente derivó en revueltas sobre todo cuando conocieron la traición de sus procuradores. En 1896 Danvila descubrió en el Archivo de Simancas un documento, que califica de “vergonzosa nota”, sobre “los maravedís de que el Rey nuestro señor hizo merced á algunas cibdades del Reino y á los procuradores de Cortes de ellas en el servicio que se otorgó por ellos en la cibdad de La Coruña…”; y concluye:

“No se completaría ciertamente la historia de las Cortes de Santiago y Coruña de 1520, si no diéramos á conocer documentos que han permanecido ignorados trescientos setenta y seis años, y que ahora explican satisfactoriamente la versatilidad de los Procuradores de las ciudades y villas que acudieron á dichas Cortes, y que comenzando con laudable entereza á cumplir las instrucciones que se les habían comunicado al conferirles la representación que ostentaban, negando el servicio que D. Carlos les suplicó, acabaron por conceder éste, faltando a las instrucciones recibidas, y lo que es más grave todavía, recibiendo dinero por faltar á sus deberes”[3]

Para los comuneros las cortes de Santiago-La Coruña fueron un capítulo más del expolio a que Carlos I y sus consejeros sometieron a Castilla. Unos meses más tarde, cuando la guerra de las Comunidades estaba en su apogeo, la Junta Comunera envió una carta a don Manuel, rey de Portugal, “dándole cuenta de lo que había pasado en Castilla después de la partida del rey don Carlos de España, suplicando que les favoreciese y ayudase en todo lo que les fuere necesario”. En ella define esas cortes como

“…unas cortes arrebatadas, muy diferentes de las que solían celebrar los Reyes de gloriosa memoria, sus predecesores, en las más populosas ciudades de sus Reinos para ordenar y establecer nuevas leyes y pragmáticas, muy útiles y provechosas, y para deshacer agravios”[4]


[1] F. Martínez Gil, La ciudad inquieta, Toledo comunera, 1520-1522 (Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos, 1993, p. 55).

[2] Prudencio de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, Rey de España. (Madrid. Madoz y Sagasti, 1846-1847 [1604-1606]) tomo II, p. 77.

[3] M. Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla. Madrid,     1897), tomo I, p. 331.

[4] Alonso de Santa Cruz, Crónica del Emperador Carlos V (Madrid, 1920), tomo I, p. 332.

3 comentarios en “Unas cortes arrebatadas

  1. ¡Ángel!: muy interesante tu trabajo. Es bien conocido el hecho que de esas Cortes de Santiago y La Coruña, salieron los motivos, más que suficientes, para la rebelión comunera, si bien, yo al menos, desconocía tanto pormenor. Enhorabuena por tu labor investigadora.

    Aquel fue uno de tantos tristes retrocesos como han ocurrido en la historia de España. Y lo malo fue que la guerra la perdieron los buenos. Casi siempre los de arriba se valen de malas artes para derrotar al más débil, aunque tenga razón.

    Ahora, amigo Ángel, me vas a permitir una sugerencia. Aunque, contra tanto agorero, no soy pesimista respecto de la actual situación de España (en general seguimos disfrutando de libertades y de la sociedad del bienestar), no cierro tampoco los ojos ante la complejidad de los problemas actuales, que se resolverían mejor con un rearme moral. Esa es la revolución que se podría llevar a cabo en estos momentos: la de la regeneración ética.

    Pues allá va mi sugerencia: vosotros, los intelectuales , al margen de la adscripción partidista, deberías mojaros en esta empresa.

    Cierto que oteo al panorama actual y no me encuentro con Ganivet, ni con Joaquín Costa, Blasco Ibañez, Macias Picavea, Ramiro de Maeztu; ni un poco más adelante con Unamuno, Ortega, Marañón…; pero sí con Ángel Infestas, Álvarez Junco, José Manuel del Barrio, Juan Manuel de Prada, Pérez-Reverte… , que creo no desmerecen de los anteriores, si bien entonces, dados unos medios de comunicación mucho más reducidos, habiendo menos voces, era más fácil destacar.

    La influencia política incluso descendiendo a esa arena partidista, de la intelectualidad del XIX y del XX, fue enorme. Ellos trajeron la II República. Su problema fue, por culpa de la situaci´ón económica y social, el de verse desbordados por los extremos de izquierda y derecha, pero sus ideas de progreso ahí quedaron.

    ¡Bueno! No me hagas mucho caso. Creo ya hacéis lo que podéis. Y, en Villalpando, estamos muy pendientes de tu novela histórica relacionada con los Comuneros y Villalpando.

    Un abrazo.

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    1. Amigo Agapito.
      Siempre son bienvenidas tus palabras que me animan a seguir con una tarea que me satisface. Es cierto que vivimos tiempos confusos, en los que parece que todo vale y que sólo los trepas tienen sitio, pero, como tú, soy optimista sobre nuestra España. No quiero decir que esté satisfecho con la corrupción y las chapuzas que nos rodean hasta casi ahogarnos en algunos momentos y situaciones, pero la edad y la experiencia que compartimos me hace ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando miro hacia atrás y recuerdo de dónde venimos, encuentro razones de sobra para ese optimismo.
      Me vas a permitir contarte algo que repetía frecuentemente a mis alumnos. Adaptando el mito de Sísifo a nuestra historia, insistía en cómo avanzamos con altibajos, con trayectoria quebrada, pero avanzamos y, si no somos pesimistas impenitentes, podemos comprobar que a lo largo de la historia vamos llevando la piedra de nuestros males cada vez más allá, mas alejada, ampliando los límites de la dignidad y de los derechos de las personas,
      Esta mañana encontré un artículo de nuestro paisano Álvarez Junco y lo compartí con todos mis amigos en facebook. Merece la pena leer palabras tan autorizadas sobre estos temas que comentamos. Es una valiosa aportación a la reflexión política sobre nuestro país.
      También he localizado un estudio sobre la conflictividad en Tierra de Campos a principio del siglo XX. Te lo haré llegar por correo.
      Un abrazo.

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