La quema de Medina

Antecedentes

En cuanto se conocieron los hechos de Segovia, los miembros del Consejo del Reino estuvieron de acuerdo en que no podían quedar impunes. Era necesario imponer un castigo ejemplar que sirviera de aviso a cuantos estaban promoviendo las peligrosas ideas comuneras, especialmente a los toledanos. Desde esa postura inicial los consejeros discutieron largamente sobre el alcance y el momento más oportunos para ejecutarlo. Triunfaron los más radicales que proponían un castigo inmediato y severo a toda la ciudad, pues consideraban responsables a sus vecinos en conjunto.

Una prueba de la imposición de la línea más dura del Consejo fue el nombramiento de Rodrigo Ronquillo como pesquisidor[1]. Al mando de un destacamento militar este temido alcalde (juez) exigió a Segovia que le abriesen las puertas la ciudad bajo la amenaza de arrasarla si no se le obedecía. Pero se encontró con una oposición inesperada.

Desde días atrás, temiendo lo peor, los segovianos se habían preparado para defenderse y a la requisitoria del pesquisidor le contestaron con un escrito, atribuido a Juan Bravo, que irritó aún más a Ronquillo:

“Leídas vuestras letras, señor, la invicta ciudad de Segovia, os contesta que considera pasado el tiempo de los leguleyos, cuando unos alcaldes insignificantes, apoyados en sus varas, hacían temblar a la mísera plebecilla. Si confiáis en vuestras tropas, acercaos un poco más; veréis por experiencia qué distinto es buscar la paga un abogadillo alquilado, interpretando la ley a tuertas y derechas, a pelear como hombres en batalla”.

El Alcalde sitió la ciudad hasta que el cardenal regente le ordenó levantar el cerco, que estaba alentando el movimiento comunero en otros lugares de Castilla. Se retiró a Santa María de Nieva y se dedicó a impedir las entradas y salidas de la ciudad, a interceptar su abastecimiento y a realizar algunas incursiones de castigo. Durante varias semanas se prolongó ese estado sitio con encuentros y escaramuzas entre ambos ejércitos.

A petición de los segovianos varias ciudades se movilizaron en su apoyo y esta creciente solidaridad alarmó, aún más, al Consejo de Reino, sobre todo cuando se constituyó en Ávila la Santa Junta de Reino, como gobierno alternativo ante el caos imperante. El cardenal regente decidió, pues, actuar con rapidez y ordenó a Ronquillo que uniera sus efectivos al ejército real, mandado por Antonio de Fonseca[2], que se dirigieran a Medina del Campo y tomaran la artillería real, allí guardada, para someter a Segovia.

Ataque a Medina

Cuando en la mañana del día 21 de agosto el ejército real llegó a Medina, Antonio de Fonseca no estaba muy seguro del recibimiento que les esperaba, pues la villa estaba dividida. Desde hacía semanas el cardenal regente había intentado convencer a los medinenses de la necesidad del armamento que custodiaban para acabar con rebeliones como la de Segovia. El corregidor Gutierre Quijada y otros miembros del ayuntamiento eran partidarios decididos de la entrega, pero los vecinos no estaban dispuestos a colaborar conociendo el destino de las armas. Les convencían más las razones de los segovianos: “era muy injusto que Segovia enviara sus paños para enriquecer las ferias de Medina, y Medina enviara munición y artillería para destruir los muros de Segovia”[3].

Puerta de Ávila (hacia 1850)

En la puerta de Ávila tuvieron lugar las conversaciones. Fonseca mostró a los guardianes de la artillería las provisiones y los documentos que le permitían tomarla y los medinenses le dejaron bien claro que ellos tenían su custodia y que sólo la entregarían cuando fuera necesaria para la defensa del reino y siempre con la condición de que ellos mismos la controlaran en todo momento.

Como ambas partes persistieran en su postura, el desacuerdo aumentara y las negociaciones subieran de tono, los vecinos fueron tomando precauciones. Así que colocaron algunos cañones en las bocacalles y depositaron los demás en la plaza mayor desprovistos de cureñas y de ruedas y custodiados por numerosa gente armada a las órdenes de los procuradores de los barrios.

Confiado en su superioridad militar, Fonseca ordenó a su gente tomar la artillería por la fuerza asaltando la villa. El ejército real consiguió entrar a costa de algunas pérdidas, pero sin poder acercarse a la plaza mayor. Los cañones daban a los medinenses una ventaja decisiva, que  perderían si se les apartaba de ellos.

El incendio

Ante el fracaso de su intento Fonseca y Ronquillo decidieron actuar de forma más convincente. Según contó un testigo, el alcalde y el pesquisidor “apregonaron a fuego y sangre y después de apregonado en el arrabal de la calle de Ávila entraron y vinieron a la plazuela de San Juan”[4]. Escribe Sandoval:

“con todo secreto (Antonio de Fonseca) mandó hacer unas alcancías de fuego de alquitrán y arrojarlas por la calle de San Francisco, pensando que los de Medina acudirían á aquella parte á matar el fuego y desampararían las puertas para poder entrar él y tomar la artillería”[5].

En la calle de San Francisco y en otros dos puntos más se inició el incendio que se propagó con toda rapidez por las calles vecinas, como recoge el relato de los hechos en el proceso de la Junta Comunera contra los responsables:

“Luego pusieron fuego al Monasterio de San Francisco, quemando imágenes, cosas sagradas y privilegios que Medina tenía ganados de sus Reyes, y provisiones y sentencias; y extendió el fuego a las casas de la villas por diversas partes, se quemó la calle de San Francisco y la Rúa y mitad de las (¿cuatro?) calles, calle del Pozo y mitad de la de Segovia, la mayor parte de la plazuela de San Juan, una acera de la calle de Diego Ruiz de Montalvo, la calle de la Plata; toda la plaza Mayor, que eran la joyería, sombrerería, sastrería y guarnicionería, con parte del Palacio del Rey, la mitad de la calle del Almirante; ambas partes de la acera de la Especiería y Rinconada, con toda la mercería y librería; la mayor parte de la calle de Ávila, con ambas partes; la iglesia parroquial del Sr. Sahagund, con muchas imágenes, y con ello todas las mercerías que en las dichas casas estaban almacenadas, por ser el principal trato de todo el Reino en tiempo de ferias”[6].

Ardieron, pues, el convento de San Francisco, que almacenaba la mayor parte de las mercancías de la feria, y numerosas casas, que según los cálculos más indulgentes no bajaron de las trescientas y entre las que se encontraban la vivienda principal y otras casas del Alcalde de la Real Chancillería de Granada. Si se compara el ámbito del incendio con el aposentamiento de los mercaderes durante las ferias, se puede comprobar que se quemó prácticamente todo el recinto ferial[7].

Extensión aproximada del incendio

Parece claro que se trató de un incendio intencionado, que hasta los cronistas oficiales presentaron como una maniobra de distracción para separar a los medinenses de las piezas de artillería. Casi todos ellos añaden también que fue una maniobra fallida, pues “los vecinos de la villa que estaban peleando y defendiendo el sacar y llevar de la artillería, viendo que su villa se abrasaba toda de fuego y se quemaban y robaban sus casas y haciendas, por eso no dejaron la defensa de la artillería sin socorrer al remedio de sus casas y haciendas, teniendo por mejor de quedar pobres y destruídos antes que haciendo lo que no debían, dejar sacar la artillería”[8].

Al objetivo táctico de Fonseca y Ronquillo se unieron los motivos que empujaron a los autores materiales del incendio a participar activamente. En primer lugar, estuvieron miembros cualificados del ayuntamiento, como el corregidor Gutierre Quijada y su teniente Juanes de Ávila; varios vecinos testificaron en los procesos que les vieron indicar a los incendiarios las casas a quemar:

“El clérigo Diego Ruiz vio (…) mucha gente de a caballo y de a pie y entre ellos a Gutierre Quijada a caballo que dijo a unos soldados: “Aquí poned fuego”, en la casa de Pedro de Villafrades, procurador de una de las cuadrillas y allí hizo poner fuego”[9].

Villafrades era comunero, al igual que el mercader de tejidos Álvaro de Bracamonte, cuyas casas y almacenes también ardieron.

Con Fonseca entraron en Medina vasallos suyos que, según los testigos de los procesos participaron con entusiasmo en el incendio y en el saqueo. Les mandaba Gonzalo Vela Núñez, alcaide de la fortaleza de Alaejos, que fue el personaje mejor identificado por los testigos como uno de los autores materiales del incendio de la calle de la Plata. Dos testimonios:

“Cristóbal de Grajos vio a la sazón que se ponía fuego a la casa de Álvaro de Bracamonte al Alcaide de Alaejos en la calle de la Plata y otros muchos que traían por apellido[10]: Santiago y fuego!”.

“Gutierre Velázquez oyó decir a su mujer cómo el Alcaide de Alaejos había puesto fuego por sus manos y que para lo poner en las mesmas casas principales del Doctor Vargas había quebrado una mesa y con ella misma había ido a las dichas casas”[11].

A lo largo de la tarde del 21 de agosto, el incendio ideado como maniobra disuasoria se fue convirtiendo en saqueo indiscriminado por parte de los soldados del ejército del rey con la colaboración de los vasallos de Fonseca.

Se encuentran referencias de estos en los cronistas oficiales, aunque escasas y comedidas[12]. Sin embargo en los documentos procesales la descripción del pillaje y de los atropellos sufridos por medinense es muy expresiva, sobre todo en la reclamación de daños por parte del Doctor Francisco Pérez de Vargas.

El incendio se propagó a las propiedades del Alcalde de la Chancillería de Granada por accidente desde la casa del comunero Villafrades, que estaba cercana, pero esta contingencia no libró a la familia Pérez de Vargas del saqueo.

Los que iniciaron este fuego y otros que con ellos venían entraron en las casas donde estaba su dueña Doña Constanza, esposa del Doctor, con su hija doña Isabel y otras mujeres de su acompañamiento y servicio y comenzaron a saquear las dichas casas “hasta sacar las manillas de oro de los brazos y las ajorcas de Doña Constanza poniéndole las espadas encima de la cabeza y a los pechos para que dijesen dónde guardaban el dinero, oro, plata y otras joyas”.

“El testigo Diego Cerdeño vio salir de esta casa a dos cargados de lo que robaban. Una criada del Doctor Vargas, Francisca García, daba voces diciendo que por qué hacían tanto mal e defendiéndoles la dicha hacienda, le dieron golpes y una saetada con una ballesta que le atravesó el brazo de parte a parte e oyeron muchas palabras feas”[13].

Antes de que las llamas bloquearan la salida, los saqueadores huyeron dejando a la familia del Doctor en medio del incendio con los tejados como única salida, según el dramático testimonio de un vecino:

“Vio venir a Doña Constanza, a doña Isabel y a otra mujer huyendo e dando voces e gritos diciendo que eran mujeres, que por amor de Dios las guaresciesen, que eran personas cristianas y les ayudasen a poner a salvo porque sus casas ardían e pensaban ser quemadas y este testigo como las vio venir tan despavoridas y con tanta lástima e gritos e voces les puso unas escaleras grandes por las cuales descendieron y este testigo las ayudó a descender e sabe que se fueron corriendo e descobijadas al monasterio de Santa María la Real de las Dueñas Extramuros”[14].

Las consecuencias

La quema y el saqueo de Medina del Campo provocaron una ola de indignación en toda Castilla, empujando a muchos indecisos a optar por la Comunidad y a los más radicales a tomarse la justicia por su mano.

Al día siguiente de esos hechos se reunió el ayuntamiento de la villa para hacer balance de la catástrofe. Más de dos mil vecinos tomaron el edificio y los alrededores, exigiendo justicia sumarísima contra los traidores; sólo pudieron apresar al regidor Gil Nieto, a quien acuchillaron antes de arrojarle por una ventana. Hubo más venganzas.

El día 24 las milicias de Toledo, Madrid y Segovia, mandadas por Padilla, Zapata y Bravo, fueron recibidas triunfalmente por los medinenses, que pusieron a su disposición las armas negadas al ejército real

Fonseca y Ronquillo, que habían abandonado Medina en cuanto comprobaron su impotencia para controlar la villa y apoderarse de la artillería, anduvieron errantes de ciudad en ciudad viendo cómo nadie les quería recibir, hasta marcharse a Alemania a través de Portugal. Su ejército fue licenciado por el cardenal regente el día 30 del mismo mes.

La Santa Junta de Ávila se convirtió en la representación del poder en el Reino y vio incrementado notablemente el número de sus miembros con los procuradores casi todas las ciudades que tenían voz y voto en las cortes.

Las vacilaciones del cardenal Adriano, sin capacidad de maniobra ante la estrecha delegación de poderes que le había confiado el rey y, sobre todo, las desastrosas consecuencias de una operación represiva mal organizada pudieron lograr lo que la propaganda de Toledo no había conseguido en parte. La Junta se había llegado a convertir en el único poder de hecho existente en Castilla. Sólo ella disponía de un ejército, en tanto que las tropas reales habían sido licenciadas; el apoyo de la reina, pese a las reservas que pudiera inspirar, le concedía una autoridad y un prestigio considerables. La situación parecía favorable para que la Junta pudiera convertir esta situación de hecho en situación de derecho convirtiéndose así en breve plazo en el gobierno legal del reino”[15].


NOTA BIBLIOGRÁFICA

En un artículo minucioso y bien documentado Carlos Álvarez García (“La revolución de las Comunidades en Medina del Campo”, en Eufemio Lorenzo (coord.), Historia de Medina del campo y su Tierra. Vol. I Nacimiento y expansión, Valladolid, 1986, págs. 471-576) contrastó la descripción de este acontecimiento tal como la ofrecieron los cronistas de la época con numerosos documentos procesales, poniendo de manifiesto las incongruencias e inexactitudes de la versión oficial.

Posteriormente con una metodología similar, Luis Fernández Martín analizó un documento excepcional, la petición de indemnización por los daños y perjuicios ocasionados por el incendio en las propiedades de un vecino ilustre de Medina, el Doctor Don Francisco Pérez de Vargas, Alcalde de la Real Chancillería de Granada  (“El incendio de Medina del Campo 21-VIII-1520. Un testimonio inédito”, Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea,  Nº 13, 1993, págs. 95-106). Según el historiador terracampino, este documento es muy importante porque se trata del único proceso promovido por un imperial que solicita indemnización de la propia autoridad imperial; en él se recogen la declaraciones de diez y ocho testigos de vista, a cada uno de los cuales formularon diez y ocho preguntas bajo  juramento de decir la verdad.

La imagen destacada es una reproducción parcial del dibujo de Anton van den Wyngaerde realizado entre 1562 y 1570. El dibujo de la puerta de Ávila está tomado de I. Rodríguez y Fernández, Historia de Medina del Campo (Madrid, 1903), pág. 486. El mapa reproduce parcialmente el publicado en http://www.delsolmedina.com/Afotos2013.

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[1] Diego de Colmenares comenta este nombramiento recordando el mal recuerdo que les quedó a los segovianos del paso de Ronquillo por su ciudad: “La nueva de la provisión de Ronquillo, que siendo alcalde en nuestra Ciudad, con el corregidor Diego Ruiz de Montalvo, como escribimos año 1504, había procedido demasiadamente riguroso, y salido no bien quisto, porque presumiendo de gran juez, estiraba la justicia al sumo rigor de castigos criminales; dio á los culpados ánimo en vez de temor, advirtiendo que la causa particular se hacía defensa común” (Historia de Segovia.Tomo III, Segovia, 1847, págs. 46-47).

[2] Con esta acción se estrenaba en el cargo Antonio de Fonseca, nombrado capitán general del ejército del rey por Carlos I al término de las cortes de La Coruña.

[3] P. de Sandoval (1846-1847) Historia del emperador Carlos V, rey de España. Tomo II (Madrid, 1846), pág. 153.

[4] Luis Fernández Martín, “El incendio de Medina del Campo: 21 de agosto de 1520. Un testimonio inédito”, Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, Nº 13, 1993, págs. 95-106.

[5] Sandoval, o.c., pág. 156.

[6] M. Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla.  Tomo I, Madrid, 1897, págs. 526-527.

[7] Álvarez García, o.c, pág. 488, nota 47.

[8] Alonso de Santa Cruz, Crónica del Emperador Carlos V. Madrid, 1920, pág. 288.

[9] Fernández Martín, o.c., pág. 103. También Álvarez García, o.c, pág. 489.

[10] “Traer por apellido”: gritar, clamar.

[11] Fernández Martín, ibidem .

[12] Entre los cronistas citados tan sólo Sandoval recoge indirectamente la noticia del saqueo al reproducir la carta que la villa de Medina dirigió al cardenal regente. Santa Cruz y Mejía lo hacen para disculpar a Fonseca.

[13] Fernández Martín, o.c., pág. 100.

[14] Fernández Martín, o.c., pág. 101.

[15] J. Pérez,  La revolución de las Comunidades de Castilla, 1520-1521. (Barcelona, Siglo XXI, 2005), pág.179.

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