Zamora comunera: 3. La honrada comunidad (fin)

La irrupción de los diputados de la Comunidad en el ayuntamiento mientras se celebraba una sesión con la presencia del conde de Alba de Aliste fue mucho más que una expresión del descontento de los zamoranos. Consciente de su justicia y de su fuerza, la gente del común impuso a los notables que gobernaban el regreso de los representantes de la ciudad a la Santa Junta de Ávila.

Desde ese momento, los seguidores del ‘bando del orden’ comprendieron que les sería mucho más difícil mantenerse en el poder. Poca ayuda podían esperar de fuera. La capacidad de cardenal regente y del Consejo del reino para acudir en su apoyo quedó reducida a declaraciones de buena voluntad, en cuanto el ejército real fue licenciado y perdieron el control de rentas y alcabalas. Por el contrario, la Junta de Ávila se afirmaba como el gobierno legítimo, fiel a la reina doña Juana y defensora de los intereses del Reino; además, contaba con un ejército formado a partir de las milicias de varias ciudades bajo las órdenes del toledano Juan de Padilla.

A pesar de panorama tan poco halagüeño que tenían delante, el corregidor y el conde de Alba de Aliste respaldados por su ‘bando del orden’ intentaron mantener la ambigüedad que había caracterizado su gestión al frente del ayuntamiento zamorano. Obedeciendo el mandato de la Junta, liberaron a los comuneros encerrados en el castillo y devolvieron las torres del puente a su legítimo guardián, Pero de Mazariegos; también enviaron de nuevos procuradores de la ciudad a la Junta de Ávila, si bien les recomendaron que actuaran de común acuerdo con los representantes de Valladolid. Pero nada más.

Sin embargo, aún permanecían en Zamora el conde de Alba de Aliste y el prior de San Juan, principales cabecillas de su bando, a quienes la Junta había conminado a salir de la ciudad en un plazo de tres días. Estos dirigentes contaban con el apoyo del corregidor que en varias cartas se esforzó en convencer a los nuevos gobernantes y a las ciudades moderadas (Burgos, León y Valladolid) de la inocuidad de los aludidos, a la vez que negaba las acusaciones de tiranía que hacía contra ellos la ‘honrada comunidad’.

Esfuerzos inútiles. A finales de agosto, la Santa Junta y los capitanes del ejército comunero estaban convencidos de la necesidad de una intervención en Zamora si querían acabar de una vez con el doble juego de los gobernantes municipales e implantar la Comunidad. En carta del 8 de septiembre, Padilla y los demás capitanes exigieron la expulsión inmediata del conde y del prior, ya que, de lo contrario, cumplirían el mandato que la Junta les hacía:

“Después de partido el mensajero de vuestra merced nos vinieron letras de los Señores de la Junta mandándonos que viésemos saliera gente de estos ejércitos á Zamora con el Sr. Obispo contra las personas que desobedeciesen los mandamientos de aquellos amigos de la Junta, y que si fuere necesario ir nosotros con todo el ejercito lo hiciéramos”[1].

El retorno del obispo

Antonio de Acuña, obispo de Zamora, había abandonado la ciudad en los primeros momentos de la revuelta. Cuando comprendió que había perdido la batalla en la devoción de sus diocesanos frente a un rival tan poderoso como el conde de Alba de Aliste, prefirió no competir y optó por marcharse a Toro a esperar mejor ocasión.

En su retiro no permaneció inactivo, sino que se dedicó, con la entrega que le caracterizaba, a preparar su oportunidad, poniendo en práctica el viejo refrán de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Para ello, en primer lugar, se ganó la confianza de los miembros de la Santa Junta con protestas de fidelidad a la causa comunera; no le resultó especialmente difícil. A lo largo de los meses de julio y agosto el conde y su ‘bando del orden’ se fueron posicionando con claridad del lado del cardenal regente y de los partidarios más acérrimos del rey Carlos. Así lo demuestra la abundante correspondencia que en esos meses intercambiaron los principales protagonistas de los hechos comentados: los capitanes del ejército comunero, la Junta de Valladolid y el mismo obispo de Zamora[2].

Consecuente con su trayectoria personal, el obispo Acuña no se limitó a las maniobras e intrigas que tan bien se le daban y que no siempre le resultaban eficaces. De mucho tiempo atrás se hacía acompañar de un grupo muy nutrido de gente armada, que paulatinamente fue convirtiendo en un ejército fiel y disciplinado, en el que llamaba la atención su batallón de clérigos. Antonio de Guevara, uno de sus críticos, lo describía con el sarcasmo que solía dedicar a los comuneros:

“Lo cual, señor, no diremos que vos lo consentiste, sino que lo hiciste, pues trajiste de Zamora a Tordesillas trescientos clérigos de misa; no para confesar a los criados de la reina sino para defender aquella villa contra el rey; por quitaros, señor, de malas lenguas y para más salvación de vuestras ánimas, sacástelos de Zamora al principio de la Cuaresma; de manera que, como buen pastor y prelado, los quitaste de confesar y los ocupaste en pelear”[3].

A primeros de septiembre, cuando la Santa Junta de Ávila le envió a Zamora para obligar al ayuntamiento a que cumpliera la orden de expulsión el conde de Alba de Aliste y del prior de San Juan, el obispo de Zamora vio la oportunidad de hacer un ejército según sus planes. Para ello precisaba un armamento mejor y más abundante y, desde luego, más efectivos. En este sentido se dirigió a la Comunidad de Valladolid:

“Creo que sabrá vuestra señoria en que trabajo nos tienen algunos tiranos henemigos de nuestra República y del servicio de la Reyna nuestra Señora para defensión de los que a la República servimos como mejor podemos. Tenemos nescesidad de algunas armas. Rescibire muy señalada merced que manden dar licencia que ayamos de los que las venden las que para esa muy noble villa no serán menester y, sy los henemigos de la República oviesen malos valedores, suplicare a vuestra señoria que la merced que me han echo de gente todas las otras cibdades questan en el verdadero bien común que otra semejante merced me mande vuestra señoria hacer”[4].

Para cumplir el cometido de la Junta era preciso reunir el mayor número de gente armada y, como la ayuda de las ciudades no bastaba, también se dirigió a otros comuneros. Entre otros escribió urgentemente a Juan de Porras, regidor de Zamora, cuya actividad en la implantación de la Comunidad le valió el encarcelamiento por parte del conde de Alba de Aliste. Este hidalgo, señor de Castronuevo[5], se dirigió a los amigos que tenía en Villalpando, villa principal del condestable en Tierra de Campos, para que llevasen a Zamora la más gente que pudiese en ayuda del obispo. Inmediatamente, según afirmó un testigo en el juicio contra Bernardino de Valbuena, el líder comunero de dicha villa, partió un contingente militar formado por unas veinticinco lanzas y cierto número de escopeteros y peones. Al frente de esa milicia iba el citado Bernardino de Valbuena, que a raíz de esta intervención “quedó muy amigo del obispo de Zamora”. Poco después sería llamado a Tordesillas por la Junta para nombrarle capitán con el encargo de reclutar una compañía en la comarca de Villalpando[6].

Como pasaran los días y el ayuntamiento de Zamora demorara el cumplimiento de la orden de la Junta, los capitanes del ejército comunero le enviaron una requisitoria terminante: o la ciudad cumplía el mandato recibido o sería atacada. Por su parte, dando por hecho la contumacia de las autoridades de su ciudad, el obispo ultimaba los preparativos para convertir esa amenaza en realidad. De nada sirvió que el corregidor se decidiera a cumplir la orden recibida y que los zamoranos comprobaran cómo el conde y el prior de San Juan salían de la ciudad por la puerta de San Bartolomé.

El día 12 de septiembre el ejército del obispo se hallaba ante las murallas de Zamora con los refuerzos recibidos. Dos días antes el ayuntamiento había enviado al obispo una carta, que le llegó tarde, cuando ya se había salido de Toro; en ella le informaba de la salida del conde y sus partidarios y se permitía darle algunos consejos:

“Que el oficio de los prelados es pacificar los pueblos y no fatigarlos ni dar ocasión á muertes; así le ruegan que se acuerde de su sagrado ministerio y de que la ciudad es de la Coronal real, pues no aceptan imposiciones antes las resistirán cuanto puedan”.[7]

Ante la actitud tan decidida de sus diocesanos, don Antonio de Acuña aceptó una negociación y les hizo llegar un documento con siete condiciones para no atacar la ciudad. El ayuntamiento, formado ya mayoritariamente por seguidores de la ‘honrada comunidad’, le contestó que se habían cumplido todas esas condiciones menos aquellas que no estaban en su mano; y desde luego, que no podía aceptar que dudara de su palabra. En consecuencia, no permitirían la entrada de ninguno de sus capitanes para comprobar la veracidad de sus palabras; además, dentro de la ciudad tenía personas de su confianza que podrían hacerlo. El historiador zamorano Fernández Duro resumió el episodio:

“En virtud de esos capítulos, quedó transigida la cuestión sin derramamiento de sangre. No entraron en la ciudad las tropas del Obispo, y la fortaleza se mantuvo por el Rey, con lo que se prolongaba la actitud ambigua; con todo, ganó la comunidad, porque la mayoría del Regimiento se redujo con la marcha á Rioseco de varios caballeros capitulares, y ganó también don Antonio de Acuña con la ocasión de obligar á tomar las armas y seguirle á todos los vasallos de la mitra, que compusieron quinientos setenta de á caballo,  los quinientos hombres de armas, y mil infantes, entre los que se contaban cuatrocientos clérigos de misa, constituyendo un cuerpo independiente, que no recibía más órdenes que las suyas”[8].

Los zamoranos habían aprendido de los trágicos sucesos de Medina del Campo. No se fiaban y no podían consentir la presencia de soldados forasteros dentro de sus murallas, aunque fueran del ejército liberador de su obispo o, quizá, precisamente por eso.

Conclusión

Esos fueron los episodios más relevantes que marcaron la trayectoria comunera de la ciudad de Zamora, que según Fernández Álvarez alcanzó su punto crítico a mediados de septiembre de 1520, cuando destituyeron al corregidor nombrado por el rey y al frente del ayuntamiento pusieron un alcalde nombrado por la Comunidad.

Es el mayor acto revolucionario realizado por Zamora, la supresión del cargo de corregidor –el representante del Rey- y la designación por la comunidad de un máximo justicia al frente de la ciudad: el Alcalde” [9].

Sobre el poder regio y señorial se afirmó el poder de la comunidad formada por los los demás estamentos urbanos que entonces como ahora se enfrentaban por su control. Los zamoranos habían alcanzado uno de los objetivos que perseguían las ciudades del Reino de Castilla en los primeros momentos de la sublevación: la constitución de una asamblea municipal más representativa que el regimiento tradicional. Seguía el modelo de la ciudad de Toledo donde, una vez expulsado el corregidor como representante del rey, el gobierno de la ciudad se hallaba en manos de los delegados de las vecindades (o barrios)[10].


[1] Carta original de Juan de Padilla, Juan Bravo, Juan Çápata y Luis de Quintanilla á la ciudad de Zamora, fecha en Tordesillas á 8 de Septiembre de 1520, en M. Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla (Madrid, 1898) Vol. II, pág. 117.

[2] C. Fernández Duro, Memorias históricas de la ciudad de Zamora. Su provincia y obispado (Madrid, Rivadeneyra, 1882), Vol II, págs.. 297 y sigt.; Danvila, o.c., Vol II, págs.. 113-122, 158-160…

[3] Citado por A.M. Guilarte, El obispo Acuña : historia de un comunero. (Valladolid, Ámbito, 1983), pág. 58.

[4] Danvila, o.c., Vol II, pág.158. LÓPEZ MUÑOZ, T. (2008) “Bernardino de Valbuena: El líder comunero de Villalpando”, Studia Zamorensia, Segunda etapa. Vol. VIII, 45-65.

[5] Lugar situado unas seis leguas de Zamora, en el camino de Villalpando.

[6] T. López Muñoz, “Bernardino de Valbuena: El líder comunero de Villalpando’. Studia Zamorensia, Segunda etapa. Vol. VIII, 2008, págs. 45-65.

[7] Resumen de Fernández Duro, o.c., Vol II, pág. 302.

[8] Fernández Duro, o.c., Vol. II, págs. 220-221.

[9] M. Fernández Álvarez, “Zamora en tiempos de Carlos V”. Primer Congreso de Historia de Zamora, (1991) Tomo  3, pp. 446.

[10] J. Perez, La revolución de las Comunidades de Castilla, 1520-1521 (Madrid. Siglo XXI, 2005), pág. 163.

Nota. En la imagen destacada, las murallas de Zamora y la puerta de Doña Urraca. En la segunda, el obispo Acuña al frente de su ejército en el sitio de Valdepero (Tierra de Campos) a comienzos de 1521; es una litografía de J. Donon publicada en Los mártires de la libertad española, vol I, 1852). En la tercera, el cimborrio de la catedral zamorana.

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