Zamora comunera: 2. El ‘bando del orden’

La intervención decidida de don Diego Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Aliste, le granjeó una popularidad entre los zamoranos, que vino a reforzar el apoyo con que ya contaba entre los hidalgos. Alcaide tenente del castillo y protector de la ciudad a petición del ayuntamiento, se puso al frente de las protestas contra la actuación de los procuradores de Zamora en las cortes de Santiago-La Coruña.

No fue el único noble en adoptar semejante comportamiento. Por las mismas fechas el condestable de Castilla en Burgos y el duque del Infantado en Guadalajara hacían lo mismo. Estos tres grandes mantenían un cierto distanciamiento crítico frente a la Corona, que les proporcionaba muchas simpatías populares. Sin excederse, procuraron dejar dos cuestiones bien claras al cardenal regente, Adriano de Utrecht: su fidelidad al rey y su capacidad para controlar y encauzar el descontento de la gente del común. Conscientes de su poder, echaban en cara a los gobernantes los agravios que les habían infligido desde que don Carlos llegara a Castilla rodeado de flamencos y, al mismo tiempo, les dejaban claro que sin su colaboración el Reino sería ingobernable.

Esta actitud de pretendida equidistancia entre la Corona y las ciudades se manifestaba en una política de compromisos cargada de ambigüedad, como pusieron de manifiesto en las difíciles relaciones entre los gobernantes y las ciudades que promovían la celebración de unas cortes en Ávila, entre el cardenal Adriano y el Consejo del Reino, por un lado, la Santa Junta, por otro. Pero, cuando la confrontación resultó inevitable, sobre todo después de la quema de Medina del Campo por ejército del rey, las posiciones se decantaron y la supuesta connivencia entre los nobles y el movimiento popular quebró.

En Zamora se formaron dos partidos claramente definidos: el llamado ‘bando del orden’, liderado por el conde de Alba de Aliste, el corregidor de la ciudad y el prior de San Juan, y la ‘honrada comunidad’ con algunos hidalgos y la gente del común.

“Andaban en Zamora divididas las opiniones, aun dentro del Regimiento, por dejarse llevar algunos caballeros de la corriente popular, y como medida conciliatoria, autorizó éste la formación de una honrada comunidad, compuesta de diputados elegidos por parroquias que se agregaron al Ayuntamiento con voto en las deliberaciones, si bien cuidaron los regidores de componer la mezcla de tal modo que ellos tuvieran en todo caso la mayoría”[1].

Considerando el control sucesivo que esos dos partidos ejercieron sobre la ciudad, Fernández Álvarez[2] distinguió dos etapas en la Zamora comunera: la señorial y la propiamente comunera.

La etapa señorial

Este período se extiende desde los últimos días de mayo a los primeros de septiembre del año 1520. Durante esos meses el poder municipal se caracteriza por el control autoritario ejercido por el conde de Alba de Aliste, según se desprende de las actas de las sesiones del ayuntamiento que Fernández Álvarez analiza en el artículo citado. No se tomó ningún acuerdo relevante que no fuera propuesto por él o que no contara con su beneplácito. El conde se encargó de nombrar los representantes de la ciudad, ya fuera ante el cardenal regente y el Consejo de Reino como ante la Santa Junta de Ávila. Incluso él mismo preparó los memoriales que los representantes llevarían a las diversas autoridades.

El poder efectivo que tenía sobre el regimiento se puso de manifiesto en el nombramiento de los representantes de Zamora ante la Junta de Ávila. El cabildo había designado a los procuradores, pero el conde no estaba de acuerdo y tres días más tarde decidió cambiarlos, así que convocó a los regidores y nombraron otros dos distintos. Se dio la significativa circunstancia de que esta reunión no tuvo lugar en el ayuntamiento sino en la misma casa del conde “porque estaba mal dispuesto”, según recoge el acta de ese pleno[3].

Sin embargo, contrariamente a lo que pudieran sugerir esos testimonios, desde el primer momento la autoridad del conde y del partido aristocrático fue objeto de abierta oposición por parte de sectores importantes de la ciudad.

Entre los opositores destaca el obispo Antonio de Acuña, que a lo largo de esos meses va radicalizando su postura política hasta convertirse en uno de los líderes comuneros. En un primer momento, cuando empezaron los disturbios en Zamora, aparece junto a la condesa de Alba de Aliste disuadiendo a sus convecinos de derribar las casas de los procuradores en las cortes de Santiago-La Coruña, como reflejó Pedro Mártir de Anglería en una de sus cartas:

“En el camino oímos que Zamora declaró traidores a la patria a sus Procuradores porque concedieron el donativo. Hubieran sido hechos pedazos por el pueblo furioso, si no hubieran huido. Fué a derrivar sus casas; pero la prudente matrona Condesa de Alba de Liste y el Obispo de aquella ciudad D. Antonio de Acuña se opusieron, y lo estorvaron”[4].

Pero, según crecía el poder del conde en el regimiento de su ciudad, aumentaban los celos del obispo y su desacuerdo con las medidas que el conde imponía, como el refuerzo de las murallas, llegando a reclamar para la ciudad la tenencia del castillo que estaba en manos del conde. “No es del conde. Es de Zamora”, repetía.

Sus palabras no encontraron eco suficiente para producir un cambio en las relaciones de poder existentes, por lo que, a primeros de junio, decidió retirarse a Toro, ciudad donde encontró mejor acogida. Durante esta estancia se dedicó a reclutar y entrenar los soldados de su ejército, incluidos los famosos trescientos clérigos.

Otro grupo opositor estaba formado por hidalgos como los Porras, los Ocampo y los Mazariegos. Sin título de nobleza, eran señores territoriales que poseían villas y propiedades importantes en Zamora y su comarca. Tras unos momentos iniciales de indecisión se pusieron del lado de la comunidad y se enfrentaron con el conde y sus partidarios.

Cuando en el pleno del 8 de agosto el regimiento acuerda retirar a los representantes de la ciudad de la Santa Junta de Ávila[5], Juan de Porras protesta y el conde decide intervenir contra la ‘honrada comunidad”. Con artimañas hizo prender a Juan de Porras y a García Hernández Docampo y les encerró en el castillo. En su afán de controlar las defensas de la ciudad se apoderó de las torres del puente, cuyo tenente real era Pero de Mazariegos, e intentó tomar las torres de la catedral.

La ambigüedad calculada con que se movían los grandes en algunas ciudades entró en crisis definitiva en el mes de agosto. En Zamora el ‘bando del orden’ que controlaba el ayuntamiento abandonó la política de apostar a los dos paños y se situó abiertamente del lado del cardenal regente y del Consejo del Reino.

La crisis

La quema de Medina por parte del ejército real fue un factor determinante en la agitada situación de Castilla. Se dio por terminada la política de componendas con que se pretendía remediar una crisis que se prolongaba indefinidamente y la postura de los comuneros se radicalizó en todas las ciudades.

Zamora conoció muy pronto los sucesos de Medina y, dentro de un contexto compartido de temor y preocupación, el ‘bando del orden’ y la ‘honrada comunidad’ reaccionaron de manera diversa.

En una sesión celebrada el día 25 de agosto, cuatro días después del incendio, el conde de Alba de Aliste y sus partidarios aprobaron enviar una carta de solidaridad a Medina, cuyo texto dejaba claro, una vez más, quién ‘ordenaba’ (regía) el regimiento de Zamora:

“Acordaron una carta mensajera para la villa de Medina del Campo, hasiéndoles saber cómo a esta cibdad pesa mucho de su dapno, e ofresiéndole que les ayudarían en todo sino por alguna neçesidad que esta cibdad tiene de socorrerse por el presente, e que la ordene el señor Conde y la lleve un andador”[6].

También acordaron, como medidas preventivas, reforzar las defensas de la ciudad y movilizar la población[7]. Al mismo tiempo, ofrecieron al cardenal regente y al Consejo del Reino la ciudad de Zamora como sede del gobierno ante el riesgo que corrían en Valladolid.

En días sucesivos enviaron cartas a las ciudades que más comprometidas en la organización de la Junta de Ávila y en ellas  mantienen la calculada ambigüedad que les caracterizaba acomodando la justificación de su postura a la tendencia política predominante en cada ayuntamiento y dejando patente su “propósito de procurar el servicio de Sus Majestades y la pacificación del Reino”[8].

Los miembros de la ‘honrada comunidad’ también tuvieron un protagonismo destacado en los acontecimientos referidos, pero apenas hay informaciones al respecto. Quedó constancia de la presencia de sus representantes en las reuniones de la Santa Junta en Ávila; Hernando de Porras y Nuño Docampo se libraron de la cárcel porque se refugiaron en una iglesia y, cuando pudieron huir a Ávila, dieron cuenta detallada de los desmanes que el conde de Alba de Aliste cometía contra los seguidores de la comunidad, por más que en sus cartas se presentara como árbitro en la situación conflictiva de Zamora. Así lo recoge la provisión que la Santa Junta envió al ayuntamiento el día 30 de agosto, en la que ordena al conde y al prior de San Juan que pongan inmediatamente pongan fin a sus abusos de autoridad, conminándoles a que en el plazo de tres días abandonen la ciudad, apercibiéndoles de las consecuencias que seguirían a su desobediencia: se iría contra ellos “como contra deservidores de sus Magestades e personas que facen cárcel privada e tiranizan su cibdad, tierra e Reino e vasallos”[9].

El contenido y la forma de la provisión de la Santa Junta no daban lugar a dudas; además, había encargado al obispo Acuña la liberación de Zamora. El conde tenía los días contados al frente de la ciudad y nada podía esperar de los gobernantes reales. Un día antes de esa provisión, Padilla había entrado en Tordesillas al frente del ejército comunero y la reina doña Juana le había nombrado general del ejército del Reino. En esas fechas también el cardenal regente había destituido a Antonio de Fonseca como capital general y había disuelto su ejército.

Pasaron aún varios días sin que el conde y sus partidarios ejecutaran las órdenes de la Junta, pero el 3 de septiembre, cuando el corregidor, el conde y cuatro regidores se hallaban reunidos, irrumpieron diez diputados de la comunidad en el ayuntamiento para exigirles que nombrasen un procurador que representase a Zamora en la Junta de Ávila y, ante la imposibilidad de negarse, “los dicho señores lo ovieron por bien”. Con este acto de fuerza de la ‘honrada comunidad’ se puede dar por concluida la etapa señorial en la Zamora comunera.


[1] C. Fernández Duro, Memorias históricas de la ciudad de Zamora. Su provincia y obispado. Tomo 2 (Madrid, Rivadeneyra,  1882)  p.215.

[2] M. Fernández Álvarez (1991) “Zamora en tiempos de Carlos V”. Primer Congreso de Historia de Zamora, Tomo 3, pp. 433-459.

[3] Fernández Álvarez, o.c., p. 441.

[4] P.M. de Anglería, Cartas de Pedro Mártir sobre las Comunidades (El Escorial, Ed. La Ciudad de Dios. 1945) Carta 670, 30 de mayo, p. 33

[5] Tras este acuerdo municipal se oculta la mano de Íñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, que intriga desde Burgos para someter la incipiente revuelta comunera al control de cardenal regente y del Consejo del Reino, residentes en Valladolid. En la motivación del acuerdo se dice: “Paresció presente vn mensajero de la dicha çibdad de Burgos, sellada, que envían a esta çibdad, sobre que las Cortes se fisiesen en la villa de Valladolid…” (Fernández Álvarez, o.c., p. 442, nota 42). El bando realista estaba convencido de que unas cortes en Valladolid serían mucho más manejables que en Ávila.

[6] Fernández Álvarez, o.c., p. 443, nota 47.

[7] Por su interés se incluye a continuación el contenido y el alcance de la movilización: Acordaron que cada e quando que el señor corregidor saliere desta çibdad fuera della, a alguna cosa de alboroto que aya nesçesidad de salir, que todos los vecinos desta çibdad que touieren cauallos salgan luego con sus cauallos e armas, so pena que ayan perdido e pierdan el cauallo e armas que touieren. Ε asymismo, que luego todos los que no touieren cauallos e las quadrillas salgan con sus armas e vengan a la plaça de Sant Juan desta çibdad, contra la parte de donde salieren los de cauallo, para defendimiento de la çibdad,so pena que pierdan las armas e sean echados de la çibdad. E que se dé parte desto al gremio de los fidalgos e comunidad e se pregone, para que venga a noticia de todos”. (Fernández Álvarez, o.c., p. 443, nota 50).

[8] Ver Fernández Duro, o.c., págs.. 297 y sig.; y M. Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla, Tomo I ( Madrid, 1889), págs. 533 y sig.

[9] Fernández Duro, o.c., págs.. 298-300.

Nota sobre las imágenes: En primer lugar, el castillo de Zamora en su estado actual. Sigue el palacio de los Condes de Alba de Aliste (Parador de Turismo). El dibujo del puente de Zamora está tomado de Anton van den Wyngaerde, Vista de Zamora (1570).

Un comentario en “Zamora comunera: 2. El ‘bando del orden’

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s